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Vestido con su sempiterno chándal, Samson Katam sonríe mientras sujeta el documento recién expulsado de la impresora. «Aquí yace el futuro de nuestro país», asegura este keniano que ronda la cuarentena. En el folio que tiene en sus manos, solo un listado con nombres y números. Pero no son ninguna tontería.
Según cifras de la Federación Internacional de Atletismo (con ese membrete aparece el documento), el pasado año, hasta 474 atletas kenianos rebajaron la marca de 2h20.00 en la disciplina de maratón. De todos ellos, cerca del 95% pertenecían a una sola tribu: los kalenjin. «Correr es algo más que simple placer, es una forma de vida», dice Katam, que ejerce de entrenador jefe en el equipo de la Policía keniana, el principal club de atletismo del país.
De las cincuenta mejores marcas del pasado año en la prueba reina de la larga distancia, cuarenta fueron logradas por atletas originarios de Kenia. Siempre anónimos. Siempre a la carrera. Para muestra, un botón: en los últimos doce meses, Chelimo Luka Kipkemboi rebajó los ya mencionados 2h20.00 en siete ocasiones. Hasta 1953 ningún ser humano -al menos oficialmente- había logrado reducir este guarismo una sola vez.
«El entrenamiento y la cultura es la única razón de nuestro éxito», asegura Geoffrey Mutai, cuarta mejor marca del año. «Desde niños, los kalenjin mamamos que la única forma de llegar a nuestro destino es a la carrera», reconoce.
En abril, Mutai y su compañero Moses Mosop firmaron en Boston el maratón más rápido de la historia con 2h03.02 y 2h03.06, respectivamente. Sin embargo, al carecer de homologación el circuito estadounidense, la hazaña no fue reconocida oficialmente. Cinco meses después, otro keniano, Patrick Makau (cuyo apellido pertenece a la etnia kamba), lograba en Berlín la actual plusmarca mundial con 2h03.38. Otro Mutai, Emmanuel, ganó el maratón de Londres. Su hermano, Richard Limo, fue campeón del mundo de 5.000 en 2001.
Treinta medallas olímpicas
La historia de estos éxitos viene de lejos. En los últimos 25 años, la tribu de los kalenjin -asentada fundamentalmente en el valle del Rift keniano- ha logrado más de 30 medallas en Juegos Olímpicos. Los más recientes: Brimin Kipruto (3.000 metros obstáculos) y Asbel Kiprop (1.500) fueron oros en Pekín 2008. Todo ello, pese a que solo representa a un 13% de la población del país.
La cultura deportiva es determinante en un país de héroes anónimos. «Se hereda de padres a hijos, un destino del que no podemos escapar», destaca Mutai. Del valle del Rift han salido Paul Tergat, doble medallista olímpico, o Kipchoge Keino, considerado el mejor atleta keniano de la historia.
Sin embargo, dos elementos podrían interponerse en su búsqueda del éxito en Londres 2012. El primero de ellos, la «maldición» kalenjin: en más de cien años de historia, ningún miembro de la tribu ha logrado el oro en unos Juegos (el actual campeón, el fallecido Samuel Wanjiru, pese a ser keniano, pertenece a la tribu de los kikuyu). Y el segundo, la superpoblación de atletas que «sufre» la región.
«Será difícil elegir solo cinco corredores que representen a nuestro país», destaca Abel Kirui, actual campeón del mundo de maratón. Y es quizá en este punto débil donde la tiranía de la tribu kalenjin puede encontrar sepultura en Londres 2012. Katam, mientras, se aferra a su lista.
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